(Articulo de Fundación Vivo Sano del 5/11/2014)

La primera vez que notas claramente las ondas de un router
wifi o de un teléfono móvil sientes que tu vida se ha convertido en una
película de ciencia ficción porque no puedes creer lo que estás experimentando.

Durante un tiempo deseas y esperas cada noche que al día
siguiente todo haya cambiado y que lo que está sucediendo cese milagrosamente.
Pero al día siguiente todo sigue igual o peor, y la realidad acaba, muy a tu
pesar, con tu incredulidad.


Yo descubrí cómo me afectaba la radiación de las ondas wifi
en la sala de profesores de mi instituto, donde durante cinco años tuvimos un
equipo de wifi D-link, modelo DWL3200AP (no el tipo de modelo que usted tiene
en casa sino uno muy potente, como indica la propia compañía que lo fabrica).
El equipo había sido utilizado originariamente para dar servicio a unas aulas prefabricadas,
pero, tras la reforma del instituto y la desaparición de estas aulas, fue
instalado en la sala de profesores del centro, aunque el instituto estaba
completamente cableado.

Después de un año de dolores de cabeza insoportables que no
paraban de aumentar en intensidad y duración, y de un cansancio extremo que
casi me impedía subir los dos pisos para llegar a mi clase, me di cuenta de
cómo mis síntomas se disparaban nada más entrar en la sala de profesores. Con
el paso del tiempo empecé a notar la cobertura del equipo en todas las habitaciones
y pasillos cercanos a la sala, por lo que mi radio de acción dentro del
instituto fue haciéndose cada vez menor y pasé los últimos meses del curso
en el segundo piso, lo que hacía mi trabajo muy difícil.

También experimenté que las ondas afectaban de manera
inmediata a mi concentración, mi memoria y mi capacidad de hablar, y entonces
supe que no podía esperar más para actuar.

Comuniqué el problema a la directiva del instituto y al
Instituto Valenciano de Salud y Seguridad en el Trabajo (INVASSAT) e hice una
petición para que se realizara un estudio de los campos electromagnéticos en la
sala de profesores, aún imaginando cuáles serían las conclusiones de un estudio
realizado por una institución oficial: el informe, como no podía ser de otra
manera, concluyó que el equipo wifi cumplía con la normativa específica.La directiva del instituto me pidió algún certificado médico
que pudiera justificar mi petición de apagar el wifi, y los médicos del
INVASSAT me dieron cita para después de la vacaciones de verano. Me quedaban meses
para acabar el curso y mi situación era desesperada: tenía que demostrar lo que
me pasaba en un país donde el Ministerio de Sanidad no reconoce la electrosensibilidad,
dejar mi trabajo o permitir que mi salud se siguiera destruyendo, así que
decidí hablar con mis compañeros e informarles de mi situación (todo ello con
migrañas espantosas y dificultad para hablar).

Redacté una petición para retirar el wi-fi del centro y recogí
firmas. Presenté la instancia al director del instituto por registro de entrada
y el equipo fue apagado.

Todos los meses que duró este proceso fueron un infierno. La
búsqueda de un médico que me pudiera ayudar fue laboriosa (en España
oficialmente no existe la electrosensibilidad a pesar de los llamamientos del
Consejo de Europa y del Parlamento Europeo a proteger a las personas que la
sufren). Tuve que investigar para encontrar a alguien que me pudiera tratar y
además se atreviera a certificar lo que me estaba sucediendo. Tener un certificado
médico era esencial, pues necesitaba demostrar que no me estaba inventando
nada, que no había perdido la cabeza, ya que perder la credibilidad agravaba la
situación de vulnerabilidad en la que me encontraba. Este médico fue el
catedrático de oncología francés Dominique Belpomme, probablemente uno de los
científicos que más ha hecho por las personas electrosensibles en Europa. Me
realizó unas pruebas específicas para diagnosticarme, emitió un certificado
donde se expresa muy claramente que se me debe proteger de cualquier campo electromagnético,
y comenzó un tratamiento a base de vitaminas y minerales que luego completaron
las doctoras María Pérez Benítez, en Barcelona, y Mónica Peris, en Valencia.
María Pérez Benítez emitió un certificado médico en el que llega a las mismas
conclusiones que el doctor Belpomme, pero basándose en pruebas diagnósticas muy
diferentes.

En Valencia, en septiembre, en el Instituto Valenciano de
Salud y Seguridad en el Trabajo, a pesar de que para entonces yo ya contaba con
el certificado de Francia y de que una compañera mía también se quejaba de
dolores de cabeza cerca de la sala de profesores, la cita con el médico no fue
fácil. El doctor no sabía mucho de contaminación electromagnética, por lo que
no creía que pudiera haber personas a las que las ondas wifi pudieran dañar
(qué pena que un profesor de matemáticas que abandonó su centro en Valencia,
porque lo que le hacía sentir el wifi de su instituto era “indescriptible”, no
se hubiera pasado nunca por el INVASSAT). Recuerdo mi enfado cuando salí del
médico y lo dura que fue la conversación con él, pero mereció la pena, pues al final
de la entrevista su actitud había cambiado y, además, es necesario que estos
casos salgan a la luz. Normalmente los profesores afectados suelen optar por
cambiar de lugar de trabajo y sus casos quedan silenciados. Este silencio y
esta invisibilidad no sorprenden, pues hasta la directora general de la
Organización Mundial de la Salud, médica y ex primera ministra de Noruega, Gro Harlem
Brundtland, fue desprestigiada y atacada por reconocer que sufría problemas de electrosensibilidad.

Los cambios que tuve que introducir en mi vida para evitar
la radiación electromagnética fueron muchos. Y todo se agravó cuando mi grado
de sensibilización a la radiación llegó a ser tan alto que un día comencé a
notar las ondas de los móviles. Y cuando hablo de notar un móvil, hablo de
dolor, y de la necesidad inmediata de alejarme de él. Mis alumnos deben
recordar apagar sus aparatos antes de entrar en clase (hace unos meses todavía
podía adivinar a cuatro metros o más de qué mochila o de qué bolsillo salían
las ondas de los móviles que se habían quedado encendidos) y solamente uso el
mío, que no tiene internet, para enviar mensajes.